Tengo 22 años y soy impotente, impotente frente a la vida, frente a lo que pasa a mi alrededor, no logro entender que más allá sólo lo determinamos nosotros y que el más acá no es una condena, sino una vida mal hecha, mal pensada. Soy impotente al hablar y al sentir, tan así que descubrirlo no es más que una evidencia porque frente a eso también lo soy. Tengo 22 años y no puedo decir otra cosa, estoy cooptado, atrapado y no me río de ello, como debería hacerlo. Soy impotente frente a la caída de las hojas, a las malditas sonrisas, al caminar en fila para subir o bajar una escalera, tomar el número en una tienda y comprar medicamentos, al simulacro que concierne sólo a mi país, a ese único y gran simulacro, a ese que no es mi país pero da igual y peor que todo esto y peor que muchas otras cosas que no he dicho, soy impotente frente a ella, a esa única que me dio la chance, esa sonrisa desaturada y esa piel sudorosa. Mas lo único que quedó después de nuestro encuentro fue mi impotencia impregnada en mis sábanas y en su recuerdo, también en el mío. Esa impotencia que puede ser provocada por muchas cosas, pero que a mis 22 años lo único que me lo explica es mi exceso de consumo de café y mi obstinada idea de fumar también en exceso, pero así y todo no lo comprendo, ¿por qué?, ¿por qué antes si y ahora no? ¿por qué me tengo que encontrar frente a estas letras? Porque soy impotente y nada más, qué sentido tiene la vida si la impotencia te gobierna, te controla, te determina. Sigo oliéndola en mis sábanas, es mejor levantarse y partir, salir de aquí aunque ella se quede acostada, durmiendo, pensando en otra cosa. Ponerme los pantalones y mirarla desde lejos, pidiendo perdón, qué más le puedo pedir y finalmente salir. Dejarlo todo atrás y quedarme solamente con mi impotencia, únicamente yo y ella, en una mancomunada unión de intenciones y tensiones. Tomar el pasillo del edificio como cada mañana, pero esta vez no voy al trabajo ni a discutir si me debo suicidar o convertirme al Islam, cosa que se me pasó más de una vez por la cabeza al saber algo de mi historia, de esa que inevitablemente me susurra cuando duermo. Bajar por las escaleras caracoleadas, retumbar mis huesos y saludar a nadie más que la impotencia que me lleva de la mano. ¿Será el café o el cigarro, serán ambos?. Maldito sea Dios y todos sus malditos profetas, qué saben ellos, qué sé yo de ellos, nada porque no existieron, otro simulacro más, como la ilusa idea de quienes van en esos autos son felices, quienes transitan por estas calles pueden sonreír cuando quieran. Si cruzo es porque la personita verde lo permite, no por otra cosa, pero dejará pasar primero a mi impotencia, porque ella tiene vida y yo no, me la quitó, me la usurpó cuando mis muslos rozaban las sábanas y mis deseos se perdían en la languidez. ¿Por qué no me saludan?, ¿será porque vengo todos los días y no dejo propina o por la impotencia que está sentada frente a mí? Tengo 22 años y pido un café, enciendo un cigarro y miro hacia el edificio, para arriba donde está mi ventana y sé que dentro está ella, durmiendo y pensando en otra cosa.
lunes, febrero 27, 2006
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario