Detrás de la caída de las hojas de fuego, un hombre encontró entre unas piedras con ojos amarillos la bestia, recordó que alguna vez leyó de una que habitaba en una casa y no dejaba en paz, o quizás no, a su dueño, de alguna forma el dueño de casa la necesitaba. Esta bestia era más pequeña de lo que se hubiese imaginado en un situación así, también era menos peluda, con un color más claro y con los ojos bañados en ternura. Tomó a la bestia en brazos, asemejando al movimiento que la mayoría de los seres humanos hacen al tomar sus bebes para verles la cara, la bestia no puso ninguna resistencia, se dejó tomar fácilmente y cerró sus ojos al enfrentar los ojos del hombre. Los árboles agitaban su fuego al ritmo del viento vacilante, el hombre se fijó en ello y se desprendió delicadamente de la bestia, la que al sentirse en el suelo, movió su cuerpo desprendiéndose de algo inexistente, luego comenzó a lamerse delicadamente el torso, mostrando su delicada lengua al hombre de tez blanca y ojos oscuros, que no despegaba los ojos de las gotas de viento que se fundían en los retoños de fuego.

La tierra caminaba alrededor de ambos seres, como ensimismada, desprendiendo pequeños borbotones de angustia cada tanto, provocando que las piedras de ojos amarillos se retorcieran y rieran amablemente. El hombre con sus blancos y delgados brazos quiso volver a tomar a la pequeña bestia, y llevársela a su hogar, pero antes de tocar su cristalino pelaje recordó que era una pequeña bestia, más allá de su belleza, bestia al fin, sacudió lentamente la cabeza y la bestia agradeció el gesto presionando ésta sobre la mano blanca del hombre. Éste continúo su milenaria marcha y la bestia volvió a verlo mientras se alejaba, acompañando la angustia de la tierra y tratando de no molestar a las piedras de ojos amarillos, el hombre volvió a ver el sendero que ya había cruzado para ver a la belleza personificada en bestia, pero ya estaba muy lejos, no podía distinguirla de la caída de las hojas de fuego.
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