sábado, febrero 25, 2006

Cuento Nº 2

Monacal, presunción de hechos no atesorados ni menos advertidos, sólo el gesto de un trazo mesurado, pudoroso y, de alguna forma tal vez caprichosa, timorato. En resumidas cuenta una más en el pasaje, una más en la vereda de los que no pueden acercarse, ni a kilómetros de distancia, a la grácil sonrisa sin razón, a la visión liviana, a los brazos libres. Tras ese segundo de duda, vacilación, interrogación, deje a ese único espécimen, espécimen que resumen mis grandes problemas con la mayoría de las mujeres de esta ciudad, que detrás de una supuesta liberación e igualdad aún se le ve el habito de la teresiana más compungida por los pecados cometidos y los que se cometerán. Lleva su cartera a cuesta y un híbrido traje de seudo empresario o tal vez oficinista, a esta altura poco me importa las consideraciones que puedan hacer apropósito de un machismo solapado por bellas palabras, hace un tiempo que asumí que todo lo que diga puede ser ocupado en mi contra, ni basta que lo diga, sólo que emerja una vez en mi cerebro, aunque sea un tímido resplandor. Liberado de la duda decidí por undécima vez que era hora de marcharse, de irse tan lejos como sea debido, tan distante a nuestras pequeña ciudad, con menores especimenes en su seno, que ni el rastro pueda encontrar si es que esa incertidumbre se le ocurre volver a amenazar mis decisiones. Bote el cigarro a la vereda, lo pague con mi pie y me dispuse a caminar, debajo de mi traje híbrido entre seudo empresario y oficinista, se hace notar un habito, esos que no te dejan caminar y que en resumidas cuentas no permiten que tus decisiones logres encaminarlas, sonrío, cruzo mis brazos en mi pecho y me siento una más de todas ellas, con las piernas tan cerradas como es posible para que ninguna serpiente ose llegar a ella.

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