sábado, febrero 25, 2006

Sobre un Gigante (cuento)

Sentado en los hombros de un hombre que difícilmente voy a poder identificar algún día y del que tampoco quiero saber su identidad, estaba envuelto en la noche. Según después sabré quedaban pocos días de aquello que llamaban dictadura, gobierno militar, régimen militar, masacre del pueblo. Debo haberle pesado algo a aquel hombre, las luces de la calle estaban apagadas, tan solo frente a nuestros ojos existía una gran llamarada que iluminaba los rostros. A los años entendí que estaba frente a una barricada. A mi lado una señora con una olla, la agitaba fuertemente, deseosamente, emitiendo un agudo sonido que se unía a muchos otros agudos sonidos provocados por muchas otras ollas, eran sus grandes arma creí comprender después. Es difícil seguir el relato, era pequeño, tan solo había nacido el 83’, quizás por eso estaba sentado sobre los hombros de ese hombre, que no era mi padre, ni mi hermano mayor, ni algún pariente. Era un gigante que me permitía ver todo desde un ángulo que nunca había podido ver. Escuchaba gritos, muchas conversaciones, alguno que otro comentario al aire. Pero yo veía esa gran llamarada, no sabría asegurar donde estaba mi madre, tampoco mis hermanos, tan solo sabría aseverar que no estaba mi padre, el cual se había ido de la casa unos cuantos años antes, cuando tenía tres años, donde la memoria no me permite llegar. Y ahí estaba yo y las llamas crecían, se batían frente a todos, algunas caras con sonrisas que les costaba mantenerse en el tiempo. Todo parecía normal, común, las velas derritiéndose en las manos de algunos, otros pasando papeles que antes estaban prohibidos y ahora volvían a salir. Muchos metros detrás de las llamas estaba un grupo de hombrecitos con cascos, uniformes, lumas, armas, escudos, aquellos a los que mi familia temía, que yo aún les temo, nos miraban a lo lejos preparados para actuar. Pero me sentía seguro, estaba sobre un gigante y tenía una cortina de fuego.

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