Rodeado, recargado de mareantes olores y dudosos procedimientos corporeos, me deslizo por la panorámica conversación de tres juveniles asistentes a la reunión, yo no había sido invitado, pero el sólo hecho de vivir en el hogar, me hizo parte de tal encuentro de personas divagantes y generacionalmente pares. La sala está oscura y en silencio, exceptuando la conversación del trío, se ha acabado la fiesta y cada cuerpo buscó el lugar donde dormir y descansar... en teoría. Los organismo siguen funcionando, procesando las sustancias consumidas, la información entregada y los sentimientos retenidos. Escucharlos es placentero, nos separa una distancia irreparablemente gigante, tensando el conflicto generación, sin que haya ningún acto o acción que provoque algún choque, violencia, menos violencia, debería haberla. Están sumidos a una especie de autoridad, sentada frente a un computador escuchando música y escribiendo, sin saber ni entender que hay detrás de todo esto, detrás de la nada... Es poder en su máxima expresión, de ese que se esconde y no se deja ver. Me levanto del asiento y los observo desde la altura que me permite estar de pie, uno me sonríe y los otros siguen hablando de sectores de un balneario costero, en el cual podría hacer una fogata en un viaje futuro, en un viaje imaginario, están allá haciendo su fogata, disfrutando del aire marino y temiendo la posibilidad de que llegue la fuerza policíaca, arruinando la velada. Camino en dirección al baño, ellos hablan tomando arena entre sus manos. Prendo la luz, me enfrento al espejo y todo está dicho ahí, en un reflejo condicionado, en una ilusión más real que yo, más certera que mi carne, ahí estoy apresado, atemporal.
sábado, febrero 25, 2006
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