viernes, febrero 24, 2006

Tarde de Gitanas (cuento)

¿Caíste?, le preguntaron sus amigos que lo observaban con una delicadeza infinita, él los atisbó con desgano, no supo que responder, avergonzado, tal vez incrédulo, impotente. ¿De nuevo te engañaron las gitanas? insistieron, volvió a posar sus pequeños ojos en sus rostros, no habían palabras, las muecas de sus rostros impedían cualquier expresión verbal de su parte, uno se sentó a su lado y apoyó su mano sobre su espalda, ésta fue como un peso inconmensurable, sus hombros resintieron el gesto, sus manos se apoyaron en las blancas maderas de la banca en que estaba sentado, el otro fumaba distraído a causa de unas chicas que estaban detrás de ellos a lo lejos, jugaban con hojas secas de árboles secos, de vez en cuando los miraba y tiraba el humo por sobre sus cabezas, el chico con sus manos sudorosas se aferraba a la banca, no quería hablar, respetaron su silencio o así parecía, su amigo en la banca detenía su atención en un punto en el suelo de adoquines. Una hormiga empezó a subir por su pierna, logró ingresar tan profundo, que con una de sus manos aniquiló a la intrusa, con esto su amigo le sacó la mano de la espalda y le preguntó ¿qué se habían llevado esta vez?. El chico atendió a su mochila lánguida y liviana, saco un cigarrillo y se lo ofreció a su amigo, quizás para que se callara, le ofreció fuego y éste empezó a fumar aunque no lo hacía muy a menudo, tal vez lo hizo por eso mismo, luego dejó la cajetilla en la mochila y observó fijamente a su compañero de banca y le contestó... ¿qué crees?.
La sorpresa e incomodidad asaltaron su cuerpo, no supo como reaccionar, se paró y le dijo algo al otro chico, que ya no atendía a las chicas, su boca estaba semi abierta, el aire entraba por ella sin que él hiciese nada, su cigarro caía lentamente y se azotaba contra el suelo, sus piernas empezaron a temblar, la tierra bajo sus pies se resintió, el otro intentaba pensar con sus manos, éstas agitaban mucho viento a su alrededor, pasó un grupo de microbuses cerca de ellos generando un ruido ensordecedor, fueron cubiertos y se sintieron protegidos de cierta forma, luego un silencio abrumador sentenció el momento e hizo que ambos chicos lo observaran por una última vez, él no pudo enfrentarlos a los ojos, solo se detuvo en la difusa imagen de sus zapatillas.
Empezaron a caminar, dejaron solo al chico, con su lánguida mochila, silentes a travesaron el desorden de hojas que las chicas habían dejado, la tarde se hacía en la ciudad, el chico solitario dejó caer una última lágrima de vida, sus amigos prometieron nunca más hablar del tema mientras se unían a una masa de personas que entraban al metro y nunca más lo volvieron a ver. Pasado unos segundos en la banca solo quedaba el recuerdo de las manos apoyadas y la lágrima que no dejó de humedecer cada tarde la tierra que había pisado su dueño en aquella tarde de gitanas.

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