El respirar agónico de imágenes confusas, el caos de versos relentizados por un parpadeo humano, ese reencuentro entre cuerpos distanciados por un rito indescifrable, o que quizás no he querido descifrar... Estrecho una mano, luego un abrazo extrañado, vuelvo a mi posición. Miradas confusas, palabras que no salen. Luego inclino mi torso hasta una cara y la beso en la mejilla, la saludo con la distancia de un encuentro no acordado, con una dudosa melancolía, con una lejana alegría. Miradas confusas, palabras que no salen. Uno de mis acompañantes saluda cordialmente a uno de ellos, antes de eso interrumpo su camino y vuelvo a inclinar levemente mi torso hasta llegar a otro rostro, lo beso, vuelvo a mi posición. Miradas que no salen, palabras confusas. Llega el último de mis acompañantes y respirando a otro ritmo, saluda y responde una pregunta. Confusas aquellas que no salen, miradas como palabras. Seis cuerpos tensados por el solo hecho de estar ahí, hecho mi cuerpo unos centímetros para atrás, dejando la responsabilidad de lo que acontezca a otro mercader. Miradas sin palabras.
Tácitamente se acuerda la separación, que cada uno vuelva a su río, a su historia, esa historia que ya no es mutua. Despedidas de cortesías, todos entramos al mismo espacio, pero asumiendo no volver a cometer el mismo error, de minutos antes, nada de topar miradas, ni acercar los cuerpos, unos acá y otros allá.
El pasar del día a la noche sentencia todo, la respiración vuelve a su cause y
pareciese que la normalidad no fue afectada. Uno de mis acompañantes envueltos en la casualidad de la situación me comenta algunas cosas, mi cálido silencio le responde. Luego volvemos a nuestros programas, se aproxima la carrera, los caballos ya están camino al partidor, las apuestas ya están hechas, solo falta revisar los colores del caballo elegido. Todo el mundo expectante. Se da la señal de partida y mi mirada confusa no permite que las palabras salgan para alentar al caballo que se va quedando rezagado...
pareciese que la normalidad no fue afectada. Uno de mis acompañantes envueltos en la casualidad de la situación me comenta algunas cosas, mi cálido silencio le responde. Luego volvemos a nuestros programas, se aproxima la carrera, los caballos ya están camino al partidor, las apuestas ya están hechas, solo falta revisar los colores del caballo elegido. Todo el mundo expectante. Se da la señal de partida y mi mirada confusa no permite que las palabras salgan para alentar al caballo que se va quedando rezagado...
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