Despreciable es el frío que golpea de madrugada, es despreciable el respirar ensoñado de ella a mi lado, es angustioso saber que la tengo que besar cuando despierte, preguntarle si quiere tomar desayuno, salir de la cama, tropezarme con mis zapatos, cuadernos, libros, ropa, papeles, cables, dvds, mientras camino hacia la cocina, cruzar los estragos de la noche anterior de mi pequeño living.
Sentir el piso frío de la cocina, encender el quemador, poner la tetera sobre éste, quedarme apoyado en el mueble, con los brazos cruzados para protegerme del frío, viendo transitar a la pequeña gente por la ventana, yendo a sus trabajos, a su obligaciones, a sus placeres. Y no entenderlos. Ver a los edificios de enfrente y considerar que el mío es muy bajo. Tomar un último cigarrillo de la cajetilla que habita extrañamente en el mesón de la cocina, encenderlo, toser, botar una bocanada, revisar el refrigerador carente, sacar un resto de queso y meterlo en la boca, con el cigarro entre los dedos amarillentos de mi mano izquierda. La tetera suena, ella aparece en la puerta y se queda mirándome, sonriente, brillante, bella. No dice nada, solo habita con sus calzones y la pequeña sudadera ceñida, esa que se desprendió tan fácilmente ayer y me dejó contemplar su pechos. Servir dos cafés, ofrecerle uno, observarnos.
Hace frío, no quiero levantarme, no quiero que se despierte, no quiero tocarla, ni rozarla, no me quiero perder en su cuerpo, en su inteligencia, en su belleza, no quiero amarla, no quiero perderme nuevamente. ¿Qué hacer? ¿volver dormir? ¿despertarla? ¿decirle que se vaya? ¿besarla? ¿colocarme sobre ella y con mi almohada no dejarla respirar? ¿qué hacer?.
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