La siembra se hace dificultosa, lo seco del tierral provoca el sudor de manos secas. La velocidad del automóvil no me permite ver más, abro la ventana. Con el viento en plena cara deformo mi mente y ahora soy tierra en unas manos secas. Un arado me remueve dificultosamente, sudor metálico que remueve mis terrenosas entraña, queriendo mi fertilidad. Inútiles esfuerzos en estos días. Caen sobre mí pequeñas gotas líquidas, que estremecen a los vegetales agónicos enjaulados en mí, y es una pequeña esperanza posada en esta superficie seca, en esta piel seca. Pero es únicamente eso, sudor salado de caras agotadas. Escucho voces, tal vez una en diferentes tonos, es un niño parado sobre mí, sonriendo con el arador en las manos. Lo entierra sobre mí con una sonrisa extensa sobre un rostro extenso y reseco... la conductora me habla y dejo de ser tierra. Dice algo sobre un árbol. Escucho sólo eso. Trato de volver a deformar mi mente mientras el sol me llega sobre mi rostro estrecho. No logro ser nada. La miro y le beso el cuello, ella sigue conduciendo por una carretera recta. La siembra a quedado muy lejos, aunque las tierras siguen apareciendo mientras avanzamos. La sigo besando, ahora soy amante...
viernes, marzo 17, 2006
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario